Las PyMEs mexicanas atraviesan uno de los momentos de mayor presión estructural de los últimos años. Al incremento del salario mínimo que entró en vigor el 1 de enero de 2026 se suma un segundo factor que mantiene en alerta al sector productivo: la transición hacia una jornada laboral de 40 horas semanales, una reforma que avanza de manera gradual pero que ya está influyendo en la planeación operativa y financiera de miles de pequeños negocios.
Ambas medidas responden a una lógica social clara: mejorar la calidad de vida de los trabajadores, fortalecer el poder adquisitivo y alinear a México con estándares laborales internacionales. Sin embargo, para las PyMEs —que representan más del 99 % de las unidades económicas del país y generan la mayoría del empleo formal— el reto no es ideológico, sino práctico: cómo absorber más costos laborales sin comprometer la viabilidad del negocio.
Un salario mínimo más alto en un entorno de crecimiento moderado
Desde enero de 2026, el salario mínimo general se ubica en 315 pesos diarios, mientras que en la Zona Libre de la Frontera Norte alcanza los 440 pesos diarios. El incremento busca consolidar la recuperación del poder adquisitivo iniciada en años anteriores, pero para las PyMEs el impacto va mucho más allá del ajuste nominal.
El aumento salarial no solo eleva el sueldo base, sino que incrementa automáticamente las cuotas patronales, las aportaciones al IMSS, Infonavit, primas vacacionales, aguinaldo y otras obligaciones calculadas sobre el salario integrado. En la práctica, muchas PyMEs están enfrentando incrementos reales en su costo laboral total de entre 15 % y 20 %, dependiendo de su estructura de nómina.
Este escenario es especialmente complejo para negocios con márgenes reducidos, como comercios minoristas, restaurantes, talleres, empresas de servicios, logística local y microindustrias, donde la mano de obra representa una proporción elevada del costo operativo.
La jornada de 40 horas: un cambio que también tiene costo
A este contexto se suma la discusión y aplicación gradual de la reducción de la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, una reforma que, aunque aún se implementa de manera escalonada, ya está generando efectos anticipados en la planeación de las PyMEs.
Para muchas empresas pequeñas, la reducción de horas no implica automáticamente menos trabajo. Por el contrario, en sectores donde la operación debe mantenerse activa seis o siete días a la semana, la jornada de 40 horas obliga a contratar más personal, pagar horas extra o reorganizar turnos, lo que se traduce en mayores costos laborales.
En otras palabras, el reto no es solo pagar mejor, sino cubrir las mismas necesidades operativas con menos horas por trabajador, lo que incrementa la presión sobre la nómina y la productividad.

El efecto combinado: salarios más altos y menos horas disponibles
Cuando el aumento al salario mínimo y la reducción de la jornada laboral se analizan por separado, los ajustes parecen manejables. El problema surge cuando ambos factores convergen en el mismo periodo.
Para las PyMEs, el impacto combinado significa:
• Mayor costo por hora trabajada
• Menor flexibilidad operativa
• Necesidad de reestructurar turnos y procesos
• Presión adicional sobre flujo de efectivo
• Menor margen para absorber errores o caídas en ventas
En negocios pequeños, donde cada peso cuenta, esta combinación puede marcar la diferencia entre sostenerse, crecer o salir del mercado.
El riesgo silencioso: informalidad y desaceleración
Uno de los efectos colaterales más preocupantes de este entorno es el riesgo de que más PyMEs migren hacia la informalidad, no por evasión deliberada, sino por falta de alternativas viables.
Cuando el costo de cumplir con todas las obligaciones laborales supera la capacidad financiera del negocio, algunos empresarios optan por esquemas mixtos, contratación informal o reducción de operaciones. Esto no solo afecta al trabajador, sino que debilita la base productiva y fiscal del país.
Además, muchas PyMEs están posponiendo inversiones, frenando contrataciones o renunciando a planes de expansión ante la incertidumbre que generan estos cambios estructurales.
Productividad: la palabra clave que define el futuro
En este contexto, el debate sobre salarios y jornada laboral converge en un concepto central: productividad.
El desafío no es solo pagar más o trabajar menos horas, sino producir más valor en menos tiempo.
Para las PyMEs, esto implica revisar a fondo cómo se trabaja, no solo cuánto se trabaja. La eficiencia operativa, la capacitación, la digitalización y la eliminación de procesos innecesarios dejan de ser opciones y se convierten en requisitos de supervivencia.
Negocios que antes podían operar con procesos manuales, controles informales o baja tecnificación hoy enfrentan una realidad distinta: cada hora laboral cuesta más y debe aprovecharse mejor.
Digitalización y tecnología como amortiguadores del impacto
Muchas PyMEs han comenzado a compensar el aumento de costos laborales mediante el uso de tecnología accesible: sistemas de facturación electrónica, plataformas de administración, control de inventarios, herramientas de ventas digitales y automatización básica.
Estas soluciones no eliminan el impacto del salario mínimo ni de la jornada de 40 horas, pero ayudan a reducir errores, mejorar tiempos y liberar horas de trabajo que antes se perdían en tareas repetitivas.
La digitalización, en este sentido, ya no es un lujo ni una tendencia, sino un mecanismo de contención de costos.

El consumo interno: una oportunidad que no llega sola
Uno de los argumentos a favor del aumento salarial es que trabajadores con mayores ingresos pueden consumir más, beneficiando al mercado interno. En teoría, esto debería favorecer a muchas PyMEs orientadas al consumo local.
Sin embargo, este efecto no es automático. Para que el mayor poder adquisitivo se traduzca en más ventas, las PyMEs deben estar preparadas con propuestas de valor claras, precios competitivos y estrategias comerciales sólidas.
Aquellos negocios que no logren adaptarse al nuevo entorno de costos podrían quedarse fuera, incluso en un escenario de mayor consumo.
Planeación financiera: el punto débil de muchas PyMEs
Uno de los principales problemas que enfrentan las PyMEs ante estos cambios es la falta de planeación financiera estructurada. Muchos pequeños negocios operan al día, sin escenarios, sin proyecciones y sin un cálculo real del costo total de la nómina.
El aumento del salario mínimo y la reducción de la jornada laboral evidencian esta debilidad. Hoy, más que nunca, las PyMEs necesitan:
• Conocer el costo real por empleado
• Proyectar escenarios de crecimiento y ajuste
• Evaluar el impacto de contratar o no contratar
• Analizar su punto de equilibrio con mayor precisión
Sin estos elementos, cualquier cambio laboral se convierte en una crisis.
El papel del financiamiento en un entorno más exigente
El acceso a financiamiento adecuado es otro factor crítico. Muchas PyMEs necesitarán capital para invertir en tecnología, reorganizar operaciones o simplemente absorber el impacto inicial de los cambios laborales.
Sin embargo, el crédito sigue siendo limitado, caro o inaccesible para una gran parte del sector. Esto genera una brecha entre las PyMEs que pueden adaptarse y las que quedan rezagadas.
En este contexto, el financiamiento deja de ser solo una herramienta de crecimiento y se convierte en un instrumento de adaptación estructural.
Adaptarse o desaparecer: la nueva realidad PyME
El 2026 marca un punto de inflexión para las PyMEs mexicanas. El aumento del salario mínimo y la transición hacia una jornada laboral de 40 horas no son medidas temporales, sino cambios estructurales que redefinen la forma de hacer empresa en el país.
Las PyMEs que logren adaptarse mediante productividad, planeación, tecnología y estrategias claras podrán fortalecerse y crecer en un entorno más justo para los trabajadores. Las que no lo hagan enfrentarán una presión cada vez mayor.
Conclusión: el equilibrio pendiente
El reto no está en oponerse a mejores salarios ni a jornadas laborales más humanas. El verdadero desafío está en construir un entorno donde las PyMEs puedan sostener esos avances sin poner en riesgo su existencia.
México necesita trabajadores mejor pagados y empresas más productivas. Pero también necesita PyMEs vivas, formales y competitivas. Lograr ese equilibrio será una de las tareas económicas más importantes de los próximos años.